Un paseo por las calles de Turín



Turín, 5 de agosto de 2018 



Esta necesidad de hablar conmigo mismo que arrastro desde tantos años atrás, especialmente en esas largas caminatas por montañas o por el suelo patrio, hoy en un aeropuerto italiano, mañana en cualquier parte del mundo… Siempre la duda de su continuidad, o más bien la duda de compartir estas impresiones en el miradero de las redes.

Reflexiono ante este hecho y encuentro que la persistencia de los pensamientos es tan liviana a veces que necesita de la escritura para llevar a éstos adelante y darles una cierta trabazón, trabazón para mí, se entiende. ¿Por qué y para qué? Acaso simplemente para aclararme o también porque surge así y en vez de coger la calle de enfrente tuerzo a la derecha sin que tenga que preguntarme constantemente por la razón de estos actos. Estoy en el mundo, estoy vivo y mi cuerpo, además de respirar y mi corazón bombear sangre hacia mi cerebro y mis extremidades, secreciona sustancias o pensamientos que a veces van a parar a las yemas de mis dedos como pajarillos ociosos que se ponen a cantar a la vera del camino sin razones especiales, simplemente porque les sale de dentro.

Así era esta mañana, mañana de domingo, mientras atravesaba a pie la ciudad de Turín camino del autobús del aeropuerto. Había salido del hotel y las calles estaban desiertas y recordaba una mañana similar en las calles de Santiago de Chile en que un autobús nos había dejado al borde de la madrugada en el paisaje desértico sus calles silenciosas. Impresiona una ciudad vacía en la que el sonido de tus pasos no tienen otro eco que el silencio de los durmientes arropados en el obligado descanso dominical. Y yo atravesaba las calles, esta mañana ayuno de pasiones y proyectos, y me preguntaba sobre la aleatoriedad de cómo vienen los deseos y se instalan en los conductos neurales y si, como decía el protagonista de El mundo de Apu, la única razón de vivir es vivir, lo que equivale a decir que no hay razón para la vida, que se vive y sanseacabó, entonces no hay nada que hacer que no sea dar un paso tras otro, seguir adelante. Pero me asaltaba una duda, me venía a la mente aquella vieja sentencia de Séneca de Vivir es militar, nada que sea quedarse con los brazos cruzados, la vida es litigio, lucha… ¿Entonces? ¿Y lucha para qué? ¿Para no caerse de la bici tener qué seguir pedaleando? ¿Para no caer al suelo seguir batiendo las alas en el aire? 

Y en esto pasó frente a una iglesia que tiene las puertas abiertas de par en par, ya empieza a hacer un calor de órdago, y oigo lejanamente los cantos que acompañan la liturgia de una misa. Y sus fieles me parecen resucitados medievales salidos de una mala comedia de Woody Allen que a falta de ciertas desmesuras del sexo han elegido a un alienígena divino para que ajuste sus problemas personales y su miedo a la muerte. 

Vivir, traer hijos al mundo, ¿reproducir at infinitum los dictados ciegos de la especie cuyo único cometido es mantener el flujo palpitante de la vida en continuo movimiento? Ayer en un whatsapp de mi familia Ana había puesto una imagen de mi nieto Manuel con la cara de llena del tomate de unos macarrones que se estaba comiendo; enseguida yo localicé una foto similar de su padre, mi hijo Mario, a la misma edad que su hijo en parecida situación. Casi cuarenta años separaban a estas dos imágenes idénticas. La envié. Me pareció un fiel ejemplo de esa reiteración con que la vida se repite de padres a hijos. ¿Estamos condenados a repetirnos, replicarnos durante generaciones a nosotros mismos sin otras pautas que nos sea volver a engendrar para que nuestros hijos a su vez engendren y vuelvan a hacerlo nuestros nietos? Mirando a la Naturaleza tal cosa es tan evidente que parece ridículo que los humanos queramos ser especiales y salirnos de esa norma tan lógica y que queramos así a la postre cargar de significados extras nuestra existencia. Los ciclos de las plantas, las hormigas correteando por todos los entornos del planeta muriendo y reproduciéndose, los peces en la inmensidad de su número y las aguas en que viven… a todos ellos, y a cada uno en particular, ¿alguien en su sano juicio se atrevería a asignarle una finalidad que no fuera única y exclusivamente la de reproducirse infinitamente? 

Estoy en el aeropuerto, levanto la cabeza del teléfono en el que voy dejando estas consideraciones, y me encuentro con cientos de pasajeros, con grandes paneles que anuncian coches, productos de cosmética, películas, tantas cosas destinadas, según los anunciantes, a hacer a la gente que los mira “felices”; de hecho tantas cosas para “hacer felices” con sus beneficios aquellos que venden coches, cosméticos o películas. Todo un magnífico proceso de retroalimentación en el que estamos insertos la mayoría. Autoengaños y engaños en definitiva para mantener en movimiento un sistema sin rumbo, uns vida que no tiene finalidad, pero que ya que estamos tenemos que darles un aire de consistencia que alimente el engranaje de la propia subsistencia sin que tengamos que hacernos demasiadas preguntas. 

Y en esta función en que cada uno estamos metidos, a estas alturas me surgen otras preguntas relacionadas con mi “manía” de llenar de palabras con las yemas de mis dedos la pantalla de este pequeño trasto telefónico. Por ejemplo esa costumbre, no sé si buena o mala, de airear mi soledad, mis manías, mis lecturas o mis puntos de vista sobre esto o lo otro en el pizarrón del ciberespacio. Mientras un hormiguero humano parte hacia distintas partes del mundo o aterriza procedentes de lugares remotos en este aeropuerto a mí, que estoy desocupado y que llegué al aeropuerto horas antes de la salida de mi vuelo, me da por divagar por allí por donde mis pensamientos les da por tirar. Así fue cómo recordé al tal Casado (llevó mes y medio sin abrir un solo día la prensa) que parece haber sido elegido para un puesto de responsabilidad en la derecha de nuestro país, y me admiro de que un niñato como este hombre se le pueda dar vela en el entierro de la fiesta nacional. Y parece que sí, que en esta democracia que vivimos (la palabra democracia siempre debería escribirse entre comillas) cualquier sinvergüenza o imbécil de turno podría gobernar un país. Es tal el ínfimo nivel de nuestros políticos (ah, la dichosa e inevitable costumbre de generalizar…) que produce, eso, admiración, que la vulgaridad más vergonzosa pueda llegar a los aledaños del poder. 

Y atravesando todavía las calles de Turín voy dejando atrás un buen puñado de Iglesias. Sí, en medio de todo este fenomenal embrollo de la vida y la sociedad por la que me paseo en esta calurosa mañana de domingo, ahí está la Iglesia, amigo Sancho, con su Dios de pacotilla, sus intereses económicos, su hipocresía contribuyendo a la confusión general de la existencia. 

Mi espera en el aeropuerto, a falta de otra cosa, ha terminado convirtiéndose en un peculiar paseo por las calles de Turín. No me queda más tiempo. Mi vuelo está a punto de partir.






Fin de viaje: Carta a mi amiga desconocida

El Chorrillo, 3 de julio de 2016

Hace algo más de una década, durante un largo viaje por los países del Pacífico, trabé amistad con una mujer a través de uno de mis blogs de viajes. Fue mi amiga desconocida durante mucho tiempo, cayó accidentalmente por mi blog y sin saber desde qué parte del mundo me escribía ni otros datos personales, ni siquiera su nombre real, iniciamos una larga y rica correspondencia mientras mi viaje discurría por Filipinas, Malasia, Indonesia, Sri Lanka, India y posteriormente por los países africanos al sur del ecuador. Una apasionante correspondencia y amistad que, recordándola durante el viaje de este año, me llevó a indagar la posibilidad de saber de ella después de más de una década. La escribí desde Armenia a un viejo correo que encontré en algún lugar, pero no obtuve respuesta. Hace un par de días, sin embargo, me llegó inesperadamente un mail suyo procedente de una dirección en desuso. Fue muy grato reencontrarme con mi amiga desconocida. Hoy me sentí impulsado a contestarla. Después de llevar escritos un par de párrafos comprendí que esta misma carta bien podía servirme para cerrar el ciclo de mi viaje de este largo año a través de Asia, Australia y Nueva Zelanda. Servirá también como colofón para el libro en que estoy trabajando y que recogerá los post escritos entre diciembre del pasado año y este mes de junio.



Querida amiga desconocida:

Esta tarde leo a Onetti tras la siesta, en porretas, frente al ventilador, después de haber mirado, tras abrir los ojos, durante un largo rato, el cuerpo enigmático de una mujer que, como una Gioconda salida de entre las olas, me mira insistentemente con los ojos cerrados invitándome a la meditación; después, en fin, de darme un chapuzón en la piscina que me ha dejado el cuerpo fresco y animoso para comenzar mi rato de lectura. ¡Cuánta belleza se esconde por los rincones de los cuentos de Onetti! Fue así que me volví a acordar de ti, de tu hijo descifrando los dibujos de Saint Exupery de El Principito, de aquellos largos párrafos que intercambiamos sobre el amor y otras cosas de menor importancia; quizás imaginé el deje sureño de la voz del Onetti y quise encontrar a través de él el de mi amiga desconocida, esa voz que nunca escuché y que probablemente encontraría en la música de Gardel. Quizás, ya sabemos lo caprichosa que es la memoria.

Es curioso, desde que aterricé en Barcelona después de un largo viaje de más de un año por el mundo, hace ya un par de semanas, no había vuelto a sentir la necesidad de escribir hasta este momento después de haberlo hecho ininterrumpidamente durante todo ese año. Incluso había llegado a barruntar que punto final,  que a otra cosa, que era hora de dejar tranquilas a las palabras. Sin embargo, la hora de después de la siesta junto a un buen libro es una hora particular que, en ocasiones, cuando los astros se alínean en una determinada posición, hace posible pequeños milagros como este de recuperar la escritura. Me sucedió muchas veces. Es el caso que, recordando aquellas lejanas cartas nuestras donde, al pairo de los posts que escribía entonces, mientras viajaba por Filipinas o Malasia, tantos temas se fueron degranando; que, leyendo a Onetti y salido poco antes de esa especie de meditación frente al desnudo de un enigmático cuerpo femenino oriental, tuve la sensación de encontrarme ante alguno de aquellos asuntos que por entonces tratábamos de desentrañar, pero sobre todo junto a aquella amiga desconocida de la que durante mucho tiempo sólo conocí el color de sus ojos y sus palabras.  

El cuento que leo, Convalecencia es su título, habla de una mujer y de una playa. La vida no para de ofrecernos a cada instante elementos de reflexión, un hombre con quien cruza unas palabras, una familia que cada mañana ocupa su sitio a unos metros de las olas, tres chicas a las que acaso la protagonista vestiría con otros vestidos y otros colores, pero en cuya indumentaria descubre al final una sintonía con el azul del mar más propio del lugar. Cuántas pequeñas cosas que con los ojos cerrados se introducen en los resquicios de nuestro cerebro aliviándonos de un peso, dejando caer una pregunta, sugiriéndonos qué se yo... Y mientras las olas seguían ahí produciendo un rumor de campanillas a la vez que sus aguas y su encaje blanco retornaban al mar por el declive de la graba.
Y recuerdo remotamente que tenías una bonita relación afectiva con tu padre, que él murió, que te dejó una casa como herencia junto al mar, que trabajabas muchas horas y que aprovechabas un largo trayecto en automóvil todos los días camino del trabajo para pensar en esto y aquello; y recuerdo cómo hablabas del amor defendiendo con pasión un punto de vista que debía de chocar por entonces con ese amor chiquito mío que una antigua novia de entonces se esforzaba en rebatir. También recuerdo que hablamos de lo mucho que dicen los ojos de la gente y que en aquella ocasión accediste a regalarme una fotografía de tus ojos (el resto debía de pertenecer todavía al anonimato) que yo te solicité para acompañar un largo post que titulé Miradas, y que ilustré con los ojos de niños, mujeres, ancianos y ancianas de los países que por entonces atravesaba. 

Lindo recordar todo esto, lindo encontrarse con el pasado, con nuestros pensamientos y preocupaciones de entonces, lindo dejar transitar el pasado por la misma calle que en este mismo instante recorren nuestros pies, nuestros deseos, nuestros proyectos, nuestra perplejidad ante el paso del tiempo o la certeza de que todo esto dentro de unos pocos años dejará de existir porque nos iremos definitivamente pese a que se queden los pájaros cantando y las campanas de la iglesia siga repicando allá lejos sobre los sembrados.
Te leo hablar de teléfonos móviles, de la pérdida del anonimato, de un mundo en donde todo parece estar al alcance de la mano con una sensación de cierta desesperanza, un mundo donde el misterio está siendo ahogado por el pragmatismo y las nuevas tecnologías. Yo también siento que día a día nos vamos quedando sin espacio, sin silencio (un ruido creciente nos rodea), sin esa pizca de misterio que la Laura Díaz de la novela de Carlos Fuentes defendía a capa y espada. A algo así me suena esa renuncia al anonimato que mencionas en tu mail. 

Esos retazos que la memoria va dejando distraídamente en el jeroglífico de la memoria son un regalo que puedo considerar como una excelente plan de pensiones para ya mismo, pero sobre todo para el futuro, cuando contemplando a la tarde la línea del horizonte bajo el rumor de las hojas de los álamos vuelva a revivir ese dichoso tiempo, el de un viaje, el de una novia, una amiga desconocida, unos hijos, tu pareja de siempre. ¿Sabes?, llevo unos días que cuento los años que me puedan quedar con la misma perplejidad con que todavía me asomo al mundo de lo femenino, una perplejidad que a veces se hace ternura, otras deseo de conocer y comprender y que en otras muchas se transforma en simple contemplación.  La vida es una cosa rara que no se merece menos.

Hace ya un buen rato que dejé atrás la hora de la siesta. Me alegro enormemente haberte reencontrado.

Cierro los ojos y te mando otro abrazo de oso.



¡Socorro, me quiero ir a casa!

Bangkok – Helsinki, 15 de junio de 2016

Camino de Barcelona pasando por Helsinki.

El ruido del motor del barco me adormece, una y otra vez debo abandonar el libro que se me cae de las manos para reclinarme sobre la mesa y echar un sueño. La última vez me despierto y me encuentro a Victoria soltándome un largo parlamento. Ha incubado mientras yo dormía unas cuantas ideas sobre lo ritos religiosos de estos países y ahora me lo cuenta con el entusiasmo de quien ha descubierto una mina para escribir en los días siguientes.

A mitad del trayecto ya no puedo con la novela de Orwell, que me parece especialmente mala. Recrearse durante páginas y páginas en la estupidez de una jovencita inglesa de cara de porcelana me parece un asunto en exceso bobo. Los estereotipos de los ingleses, los estereotipos  de los nativos una y otra vez comiéndose páginas y páginas... demasiado. Los escritos políticos de Orwell muy bien, esto no, se acabó.

Ahora es otro momento, circunstancias diferentes, en vez de volar hacia Birmania volamos hacia Helsinki, sí, Helsinki, qué mismo da, y además cambié a Orwell, un buen cambio, por Alan Poe y Natanael Hawthorn. Debemos de andar sobre el golfo de Bengala. De todo lo anterior hace varios dias, creo que navegábamos por aguas del Mekong entonces. Alguna turbulencia hace zozobrar este avión pero apenas se nota después del tercer vaso de vino ofrecido por el servicio de vuelo; ofrecido, por cierto, con una sonrisa de connivencia, o eso me pareció, porque diez horas de vuelo por delante no sería mala idea pasarlas bajo los auspicios de Baco, fecundo en largos y vaporosos sueños.
Saltar de un lado a otro del planeta parece que sea lo último que se nos está ocurriendo últimamente, algo que también vamos descubriendo, no es una muy brillante idea. Delante de mí tengo un monitor que testifica que la tierra es redonda, en él se puede observar el compartimento por donde desapareció hace rato el tren de aterrizaje del avión, y bajo él un mar de nubes con la ligera curvatura en arco del planeta Tierra. Habrá a quien le diviertan los viajes en avión, pero a un servidor, y eso sin contar los checkins y el rollo de los scanners y lo controles de los pasaportes,  le parece una de las cosas más coñazo que puedan darse. Diez, doce horas, con el culo pegado al asiento en medio de la nada de las nubes, a menos que por abajo asome el Himalaya o un espléndido paisaje de cumulonimbos más bien poco corrientes, es un cpeñazo que sólo puede alegrar la cara de melocotón de alguna azafata. En fin, que los amantes de lo viajes que ven en estos vuelos intercontinentales un idilio que se vayan haciendo a la idea de que más les valdría que los durmieron con un potente somnífero nada más subir a un trasto de estos para despertarlos cuando toquen tierra en el aeropuerto de destino.

Bueno, y a todo esto ¿qué coño hacemos aquí, ahora atravesando el espacio aéreo del Norte de la India cuando debíamos de estar volando hacia Birmania? Pues, nada; sucedió que un viaje de un año parece que empezó a cansarnos, primero a uno, y luego descubrimos que al otro también. Y así, la tarde previa en el hotel, que habíamos dedicado a informarnos sobre Birmania, descubrimos noticias de este país que no nos gustaron, treinta y cinco muertos por el viento y las lluvias de un monzón especialmente bestia, problemas de orden público, detenciones en masa por el gobierno presidido, más o menos, por Aung San Suu Kyi, precios muy elevados provocados por un exceso de la demanda sobre la oferta... Se juntó todo. Al final de la tarde Victoria y yo nos miramos intentando adivinar los pensamientos uno del otro y descubrimos que no, que en ambos empezaba a carraspear la idea de que Birmania comenzaba a no ser santo de nuestra devoción. Y pasar de ahí a buscar otros puestos de destino fue una, primero Chennai, al sur de la India, después Corea del Sur, más tarde...  Nuestro buscador de vuelo Skiscanner.com tiene una curiosa opción. Seleccionas aeropuerto de partida y a continuación haces clic en la opción de destino: “cualquier lugar del mundo”. Y el jodío te lista por orden de precios todos los destinos del mundo que encuentra en una determinada fecha. Así fue que descubrimos que volar a algunas ciudades de Europa costaba menos que hacerlo a destinos cercanos como India. Bueno, esto abrió nuevas posibilidades. Ya nos veíamos vijando por Holanda, Reino Unido, Alemania o Francia por el módico precio de doscientos y pico euros.

Bien, y ¿una vez en Europa qué? Una pasta los hoteles y el transporte. Descubrimos pronto la posibilidad de comprar un coche donde pudiéramos dormir, algo que barajábamos desde hace tiempo, cuando regalamos nuestro viejo todoterreno a nuestro hijo Mario apenas emprendido este viaje. Y así nos pusimos a buscar como descosidos en páginas de Alemania un vehículo, pero los alemanes son muy alemanes y utilizan poco el inglés. Terminamos por rendirnos. El español se entiende mucho mejor que el francés y el holandés. Así que tan pronto localizamos algunos coches en las cercanías de Barcerlona o de Oviedo, a tiro de piedra de los Picos de Europa, un regustín pensar en darnos una vuelta por los Picos en lugar de por las tierras de Birmania, no nos lo pensamos muchosTropezamos con un vuelo Bangkog – Barcelona, vía Helsinki y ahí se terminó nuestra aventura asiática. Perdimos sin demasiada pena el importe invertido en los billetes comprados para Birmania y de inmediato conseguimos otros que desde el norte de Thailandia nos llevarían al día siguiente hasta Barcelona.

Y esta es la sencilla historia con que damos por terminado nuestro viaje por Asia. Ahora falta saber en qué continuará la cosa, porque continuar continúa; de momento ya hemos alquilado un coche en Barcelona con la idea de emplear algunos días en localizar algo, un coche, que nos permita vivir a nuestro aire por España o Europa sin pagar un pastón por dormir en hoteles cuando podemos hacerlo a la intemperie, miles de estrellas sobre nosotros, o bajo el techo de un hogar móvil de una manera gratuita; de momento creo que vamos a encontrarnos en Cataluña con mi amigo el caballero andante, Ramón, que algunos recordaréis de nuestras andanzas, él a caballo, yo a pie, alrededor de España; de momento igual tenemos la oportunidad de votar a Unidos Podemos; de momento, jo... se nos abren un montón de posibilidades; de momento seguimos descubriendo que el país del mundo que más nos gusta para patear y viajar es nuestra querida España, “esta España mía, esta España nuestra...”; esta pobre España tan puteada por cabrones y malcriados de toda condición. A este paso también nosotros vamos a tener que enarbolar nuestro patriotismo como los amigos de Podemos. Joder, y es que es verdad, uno se siente ciudadano del mundo, pero cuando poco a poco después de meses fuera uno se va acercando a España algo hace tilín tilín dentro de ti advirtiéndote con su llamada que esta tierra está más cerca de ti de lo que pensabas. Sientes que amas esta tierra, que tu corazón palpita (toc, toc, toc... ;-)) junto al de otros con los que te sientes vinculado por una historia, una cultura, una manera de ser.

El mundo es grande y hermoso, pero el mundo también cansa, de la misma manera que nos podemos cansar de nosotros mismos o de la reiteración de los días; parece que lo más apropiado es obedecer a lo que te va pidiendo el cuerpo con el tiempo, a esas instancias que se nutren de la diversidad y de los cambios de ritmo. En unas horas estaremos en Helsinki. ¿Quién de nosotros lo hubiera imaginado hace un par de días? Ninguno.

Mañana de hotel

Chiang Rai, Tailandia, 14 de junio de 2016

Esta mañana cumplí mi labor de viajero leyendo la historia de Birmania (sabido que los responsables del cambio de nombre de Birmania corresponde a los militares, que no tenían ningún poder constitucional para ello, Birmania a partir de ahora será en mi blog siempre Birmania). El viajero esta mañana echaba de menos sus paseos por las tierras de España, sus caminatas antes del alba, el canto de los pájaros y el croar de las ranas dando la bienvenida al nuevo día. Luego se puso a estudiar historia, pero sobre ella flotaba lo otro, la lectura de los días pasados recorriendo la Ruta de la Lana, la primavera de hace un par de años. Siempre que me reencuentro con alguna de mis caminatas un cosquilleo muy particular viene a recorrerme el cuerpo. Reconociendo lo difícil que es saber lo que realmente uno quiere hacer en la vida, o lo que quiere tu cuerpo, o tu mundo interior (no es difícil que un conflicto de intereses venga a interponerse en cada momento cuando tratamos de aclararnos), y sabiendo por experiencia que en no pocas ocasiones nos equivocamos al elegir, confundiendo la pereza, los efectos de una jarra de cerveza, o el emotivo relato de alguien o un pronto ocasional con los intereses reales de nuestra persona, de hecho la tarea puede convertirse en ardua.

Tener la posibilidad de poder elegir sin prácticamente ningún tipo de impedimento lo que quieres hacer al día siguiente o en los meses próximos se puede transformar en un duro trabajo. Me sucede algo así esta mañana. Mi paso por la prensa y por algunos libros me dejaron un hilo de inquietud. Últimamente es así casi siempre, lo que leo no cae sobre mí como agua de verano a la que rato después sigue la vuelta del sol. Lo que veo y lo que leo me obliga a pensar y pensar se convierte con no poca frecuencia en una tarea lastimosa. Quizás sea por esta razón que el acto de pensar me agobia. No puedo atravesar Vietnam o Laos, ni en los próximos días Birmania, sin que una pizca de inquietud me corra por dentro. No puedo leer el periódico sin que algo se soliviante dentro de mí. Naturalmente no todo es negro o blanco, pero de entre lo que ves en determinado momento tu percepción elige, tus pensamientos se aglutinan en torno a problemas o hechos. No puedes evitarlo. El pesar y la esperanza, la emoción y el pesimismo articulan sobre el pentagrama su particular concierto y lo que te llega a los oídos es una melodía de múltiples voces que va ayudar a que tu estado de ánimo se oriente de una manera u otra.

Así que hoy, sobre ese primer estrato que fue recordar mi tránsito por las tierras de Cuenca, está la prensa, las muertes de Orlando (Obama dice que es una muestra de odio y terrorismo. Es cierto, pero… crea tormentas y recogerás tempestades. En esta guerra los norteamericanos son los responsables indirectos de todo lo que pueda estar sucediendo con el ISIS. Nunca en la historia de la humanidad hubo un pueblo que suscitara y provocara tanto odio y tantos muertos como lo ha hecho EEUU. Si lo de Orlando es odio y terrorismo habrá que decir también qué serán los cinco millones de asesinatos de ellos perpetrados en la Guerra de Vietnam, los bombardeos indiscriminados de Laos, los muertos de Afganistán e Irak, las implicaciones en Argentina, Chile y países de Centro América); después está el título de un artículo de Javier Marías, otro gran gilipollas ilustrado, al modo de Azúa; una entrevista, un artículo de fondo de Iglesias; la mediocridad con que el tripartito actúa contra Unidos Podemos, encabezados por Susana Díaz y Rivera. Y está a continuación la lectura sobre los horrores de los militares birmanos. Pues bien, de entre todos ellos destaca el recuerdo de un hombre que se levanta, acaso de dormir sobre el duro suelo bajo un olivo, a las cuatro y media de la mañana para encontrarse con eso que llamamos Naturaleza, los caminos, los ríos, los bichos, el silencio débilmente visitado por sus botas sobre la tierra, el rumor de los álamos. Sí, toda esa jerigonza de la que me paso la vida hablando cuando mis piernas atraviesan alguna parte del mundo; jerigonza porque me repito, porque mi necesidad de contarlo como si de un mantra budista se tratara pudiera confundirse con un sermón cuando lo que en realidad es un permanente canto.

Esta mañana mis pasos por la Ruta de la Lana me alivian de pensar; los periódicos, la historia de estos países que visito (Y constato que prácticamente del único país de quien ha recibido apoyo explícito la dictadura militar birmana es China, que días atrás construyó un cerco en torno a la matanza de Tiananmen), van desapareciendo poco a poco bajo mis botas de andarín de dos primaveras atrás. La luna, que apenas tenemos oportunidad de ver desde que abandonamos Australia y Nueva Zelanda (viajar en un coche de alquiler y dormir a la fresca día a día es uno de los privilegios que en el Sureste Asiático es difícil disfrutar), me llamaba anoche desde lo alto mientras nuestro taxi nos llevaba desde la orilla del Mekong a la ciudad de Chiang Rai. Echo de menos la luna, echo de menos los vivac, el ruido de las olas junto a mi saco de dormir, echo de menos los bosques, el rutilante silencio de las madrugadas atravesando Castilla, Asturias, algún valle del Pirineo.

El aire acondicionado de la habitación del hotel no llega aliviar del todo el calor de esta ciudad. Pasado mañana de madrugada volamos a Bangkok y de allí a Mandalay, al norte de Birmania. Estamos en tiempo de espera. Vida de hotel, de lectura, de dar una vuelta por el mercado y salir a comer y cenar, poco más.

La caverna mediática

Río Mekong, Laos, 11-12 de junio de 2016


Primer día de navegación.
Frente a otros modos de viajar, tomar un barco y dejarse llevar durante días por el vaivén del agua y el rumor de un motor quizás sea lo que más se acerca a ese bienestar que uno imagina en el hecho de ir de aquí para allá. El gran río asiático, que debe de nacer tierras arriba del Tíbet, baja oscuro describiendo grandes meandros por el medio de una selva por donde, salvo o dos tres pequeñas agrupaciones de casas, no se ven señales de vida.

A ratos llueve, a veces el río baja impetuoso cubierto su lecho por grandes formaciones de rocas de aspecto violáceo unas veces, otras de color oscuro terroso cubierta su superficie por los rizos de la lava. A ambas orillas colinas no muy altas jalonan casi todo el recorrido. Día de apacible lectura. Esta mañana he comenzado con un tomo de George Orwell, "Los días de Birmania", una novela ambientada en Myanmar en los primeros años del pasado siglo que aprovecha la experiencia del autor en este país durante el tiempo de la colonización inglesa. Alivia leer la prosa incisiva de Orwell machacando como un martillo pilón toda la falsa propaganda del "bondadoso" colonialismo británico. Poner el poder de la palabra al servicio de la verdad es el ejercicio honorable que  siempre  desempeñó Orwell con brillantez; ahí están como muestrario esos dos libros que nadie debería dejar de leer. "Rebelión en la granja" y "1984“, dos nada cómodos argumentos para invitarnos a despertar frente al enemigo común. No hay manera de zafarse de esa única verdad de que la razón de todo colonialismo es la extorsión y el robo de los pueblos colonizados. Por ahí andan dos de los personajes de mi novela:

"-Pero querido amigo mío, ¿qué mentira están viviendo los ingleses en Birmania? -pregunta uno de los nativos.

-Pues, obviamente, la mentira de que estamos aquí para contribuir a elevar la condición de nuestros pobres hermanos negros en lugar de para robarles".

A la cabeza de este bloc de notas había escritas estas palabras: "La caverna mediática". La recogí ayer de algún periódico con la idea de encontrarle un hueco. Hay expresiones o palabras que retraran de una manera tan gráfica una determinada parcela de la realidad que pienso que deberían llevar grabadas en su pie, como se hace con una obra de arte, con una estatua, el nombre del autor. Decir prensa amarilla, prensa de derechas o simplemente añadiendo algún calificativo que haga pensar en el bochorno moral que determinados periodistas exhiben cada mañana en las páginas de los periódicos o en algunos programas de televisión, es un ejercicio poco práctico porque es como si nos obligara con ello a explicar día a día la razón de un apelativo relacionados con hechos que rozan la delincuencia pero que son aislados. Sin embargo echar mano de una expresión como caverna mediática tiene la gráfica ventaja de englobar en dos únicas palabras a todos esos esperpentos periodísticos patrocinados por los cebrianes, los carvajales, los maruendas o indas y pantuflos de toda condición; tiene la ventaja de nombrar a un tétrico abanico hispano que, todos a una, utilizan vergonzosamente los medios de comunicación para lamer el ojete a todos aquellos que les dan de comer, perros falderos que encuentran su finalidad en la vida en fabricar mierda tras la que esconder su apestosa conciencia.

Esa peste que arrasa el país lo tiene jodido últimamente y como cada vez lo tiene más difícil y su originalidad es nula no les queda otra cosa que repetir como loros durante meses la misma estúpida cantinela de Venezuela, Irán, comunista.

Naturalmente llueve, estamos en pleno monzón y cada tarde la lluvia no deja de presentarse. Se pone bonita la selva cuando llueve, los verdes se abrillantan, el aire del río se hace de plomo; encajonado entre las montañas el barco se abre camino monótonamente.

Día dos

Que vienen, que vienen los bárbaros, viene a decir la portada de El País cuando me levanto y echo una ojeada al periódico antes de embarcar. Se me ocurrió mirar la portada y de nuevo no pude dejar de soltar una carcajada. La ingenuidad y estupidez de esta gente es tan relevante, que es imprescindible leerlo para saber por dónde les duele. Como los tíos no hay modo de que se resignen a lo que dicen las encuestas tratan de hacer juegos malabares con los datos y las palabras. Ya de entrada, envuelto entre consideraciones de aquí y allí, los únicos partidos que existen son PP, PSOE y Ciudadanos, hay que sacar la lupa para encontrar a Unidos
Podemos y sus resultados; los líderes políticos todos suspenden, el que menos Rivera, pero se olvidan de Garzón que con toda seguridad estará en el principio de la lista. No tengo tiempo ahora, nuestro barco nos espera, después ya no tendré cobertura. Así que la situación me deja con la sonrisa en los labios. Que El País se tenga que gastar ahora todas las semanas la pasta para tener que decir que la máquina de Unidos Podemos es imparable es una de las paradojas más simpáticas que puede alumbrar este mes de junio.

De nuevo en el río. Ayer tarde paramos en Pakban, un pequeño y agradable pueblo a la orilla del río. La tarde dio todavía para pasearse, despacharse una buena cena y dedicar el final del día a leer un rato. La rutina a bordo, hoy en un barco diferente, se repite, los verdes de las laderas, el bosque cubriendo totalmente las colinas, el agua tranquila, parsimoniosa, el ruido del motor a popa, las rocas oscuras del río, algunos nenúfares flotando en la corriente. La mancha algodonosa y gris del cielo nos regala la sombra de su paraguas. Nada que hacer durante todo el día, leer, mirar el río y la selva, dormitar tras la comida, dejar que el tiempo pase calmo por dentro de uno.

Unidos Podemos, la fuerza motriz de una ilusión

Luang Prabang, Laos, 10 de junio de 2016

Me desperté de la siesta y allí estaba Victoria dándose el gusto leyéndome los resultados del CIS. Tomo un medicamento para el catarro que me deja deliciosamente sopa nada más cerrar los ojos, con la ventaja de que cuando me despierto me encuentro con el cuerpo ligero, así que lo del CIS completó el trabajo de dejarme fresco como una lechuga y con una sonrisa bailándome en los labios. En esta ocasión no iba a necesitar abrir ningún periódico más: “Crepúsculo de los bueyes/está despuntando el alba”. Los versos de Miguel Hernández brotaban diáfanos de la hora de la siesta. En estos tiempos que corren es necesario beber algún refrigerio de vez en cuando so pena de caer en un bochornoso escepticismo, así que fresquito se queda uno con estos vientos del pueblo, “Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran”, la gente, que decimos ahora, ganando terreno poco a poco a la ignominia y a todos los vergonzosamente amañados medios de comunicación. Y es que está todo tan difícil, tan tomadas las instituciones, y ahora la marcha atrás de Brasil y Argentina. No obstante, ahí lo tenemos, paraece que está despuntando el alba, cada vez la claridad sobre el horizonte es más palpable, más real.

Hasta que llegó la hora de cenar me dediqué a terminar los últimos capítulos del libro de Aung San Suu Kyi que hablaban de la Disneylandia del fascismo en Birmania, una expresión muy propia para retratar el ridículo régimen militar que usurpó el poder en el país  durante décadas. ¿Cómo podríamos llamar nosotros en nuestro país a este patético panorama político de mentiras, soborno, corrupción de la derecha? ¿No somos además de un país bananero una especie de disneylandia de la democracia?  Y sin embargo estamos recuperando la capacidad de soñar que tras décadas de gobiernos servidores de los intereses de la banca había quedado totalmente noqueada. Aung San Suu Kyi habla constantemente de la violencia irracional del regimen militar que hunde el país en la miseria, del mismo modo que nosotros hablaríamos del neoliberalismo, pero ella le dedica también tiempo a ese mundo nuevo que están construyendo. Las nuevas fuerzas democráticas de Birmania se aglutinan en las calles, se apiñan en torno a una nueva justicia. “I have a dream” (Martin Luther King). “Dormíamos y despertamos” (15M). En Birmania también dormían y han despertado.

Casualmente la película que había elegido Victoria para la noche también hablaba de un sueño, "El viento se levanta", el film de animación de Miyazaki. “El viento se levanta”, por encima de todo es la historia de un sueño de infancia. La fuerza que mueve a Jiro desde jovencito, antes de convertirse en ingeniero aeronáutico y, después durante toda su vida, es el sueño de crear un avión bello; la pasión de crear es una constante a lo largo de todo el film. Que un sueño dé significado a la vida, que se irá construyendo poco a poco con la fuerza de esa materia onírica a través de todos nuestros actos, muestra el lubricante de que debe estar impregnando nuestra voluntad para que ésta llegue a imponer sus determinaciones, sus ideas, sus conclusiones.

El sueño, la ilusión como componentes de un proyecto político parece en estos días electorales que fuera un bien irrenunciable para llevar a cabo la colosal tarea de empezar a cambiar nuestro entorno político. Si echamos una ojeada para ver cómo andan de ese ingrediente en sus entrañas cada una de las formaciones políticas que concurren a las elecciones, uno adivina fácilmente que sólo en Unidos Podemos se vive un alto clima de ilusión que puede movilizarnos y catapultarnos hacia un futuro mejor. Decir que en la gente del PP existe ilusión por algo sería pensar que, o nos están tomando el pelo o que confunden la ilusión con la rapiña y con la codicia. Asignar ilusión a un partido promovido por el IBEX35 para intentar mantener sustanciosos los beneficios de estos últimos; es imposible, la ilusión mana del interior de las personas, se sustancia en la esperanza de un mundo mejor y más justo y Ciudadanos es una correa más de transmisión de la codicia del neoliberalismo. ¿La ilusión del PSOE? El PSOE agotó la capacidad de ilusionar e ilusionarse a los pocos años de acceder al poder; su maridaje con los poderes económicos, la desprotección social y laboral que llevó a cabo y el olvido de que sus intereses deberían estar en la defensa de la clase obrera le han convertido en partido viejo, apoltronado en los privilegios, una situación muy poco propicia para soñar con nada, para exudar una mínima ilusión de cara al futuro.

Los resultados de la última encuesta del CIS avalan esa ilusión que empezó a germinar un casi lejano mes de mayo. El nuevo clima, la irrupción definitiva, dados del brazo con Podemos, de la punta del ariete de la izquierda con Garzón, Maillo, Monereo, Julio Anguita, con otras formaciones, Mónica Oltra, Ada Colau, Domenech,  junto a toda esa prole de personajes nuevos que arrastra la creación morada, hacen prever que sueño que empezamos a engendrar hace cinco años se está haciendo realidad.

Frente a la casa de Aung San Suu Kyi

Luang Prabang, Laos, 8 de junio de 2016


Uno se hace en ocasiones tan piadoso con los rezos matinales que casi se le va la mañana en ello. Esta mañana llovía a mares, así la cosa vino redonda. Fue después, cuando abrimos todos los ventanales de nuestra habitación que ocupan por entero dos de las cuatro paredes, que tomé posesión de mi lugar de lectura dispuesto a olvidarme totalmente de que había llegado a una bella ciudad y que el programa imponía salir a pasearla. No importaba, hoy necesitaba una larga mañana de lectura, ese consabido espacio en el que cuando soy capaz de meterme, siempre el mismo espacio encantado desde la infancia o la adolescencia, se convierte en cueva encantada, lugar de encuentro y recreo. Nada de escrituras, nada de paseos turísticos.

En eso estaba pero después de leer un par de capítulos del libro de Aung San Suu Kyi, “Letters from Burma”, me sucedió algo poco corriente, sentí que, al hilo de la lectura, estaba engendrando algo de consistencia anímica, empezaba a subirme por el pecho un acceso de emoción que como una pequeña eclosión primaveral inundaba suave mi ánimo. Hubiera sido pecado no echar mano del portátil para hacer una instantánea de lo que estaba sucediendo. A las emociones las mueven resortes muy íntimos de la persona y es a través de ellos, viendo cuándo y cómo reaccionan donde podemos aprender a comprendernos a nosotros mismos mejor. Descubrir qué provoca que se nos humedezcan los ojos, qué hace que el miedo irrumpa en nosotros, qué inunda de solidaridad nuestras venas y así montones de situaciones que rozan nuestra intimidad con la suavidad de ala de paloma, ayuda a descubrir veladamente a ese ser que somos cada uno, que viaja con nosotros, que duerme y sueña con la cabeza sobre la misma almohada, pero que necesita de pequeñas revelaciones para acceder a la parte más íntima del yo.

De pronto me entraron unas ganas enormes de visitar la casa y la calle de Aung San Suu Kyi. Ese espacio, antes de la detención de Aung San, durante los seis años de detención y después de ella, ha sido escenario de uno de los actos más conmovedores de la lucha del pueblo, oprimido por la tiranía de una dictadura militar, por su libertad. Las continuas embestidas de los militares contra este mujer, símbolo de libertad y lucha por la democracia en Birmania, hizo posible que a consecuencia de sus arrestos domiciliarios su casa se convirtiera en lugar de peregrinación, de mítines, de manifestaciones. Con variaciones, porque los militares bloqueaban y desbloqueaban con alambre de espino impidiendo el acceso a la calle, fue lugar permanente y multitudinario de encuentro que con el tiempo hubo que articular; así se establecieron encuentros con programas preestablecidos todos los fines de semana. Dado que era imposible atender a todo el mundo de palabra en la fachada de la casa había sido depositado un buzón donde los ciudadanos eran invitados a escribir sus quejas, relatos, propuestas a Aung San. En los mítines encuentros del fin de semana, además de tener lugar las intervenciones del NLD, el partido liderado por Aung San, con los temas que se propusieran para el orden del día, Aung San respondia la correspondencia que había caído en su buzón durante la semana. En su libro cuenta de dos personajes, un hombre mayor y su esposa, que asumieron la responsabilidad de actuar de enlace entre el público y Aung San, entre otras cosas para proteger cierta intimidad a su líder, para lo cual se constituyeron en una especie de encargados de dar la bienvenida a todos los que se acercaban a la casa. Como dos amigables centinelas guardaban la intimidad de la casa y servían de vínculo emocional con aquel espacio. Siempre a la puerta, lloviera o no, para cuando hacía sol habían improvisado una protección de ramas y para cuando llovía una pequeña techumbre de plástico, el que se acercaba a la casa siempre tenía delante un interlocutor para sus inquietudes, sus preguntas, su solidaridad con los problemas de los vecinos.

Fue en este punto de la lectura que descubrí que estaba teniendo un pequeño acceso de emoción. Esta pareja de ancianos embajadores y pajes de una mujer que había asumido la responsabilidad de liberar al país de vivir bajo las botas de los militares, tocaban parecidas fibras de sentimiento que provocaban en mí el contacto codo a codo con otras gentes, anónimos representantes de un deseo de justicia, en las manifestaciones del 15M. No los líderes o representantes que prestaban su rostro en la representación de grupos, eran las personas, los granos de arena haciendo su contribución desde su pequeñez al empuje de una idea, de una búsqueda de un mundo más justo. Esa gente imprescindible que trabajando en el anonimato da vida, cimenta los movimientos sociales… Aung San Suu Kyi lo expresa así en su tributo a estas personas anónimas: “There is nothing to compare with the courage of ordinary people whose names are unhkown and whose sacrifices pass unnoticed. The courage that dares without recognition, without the proteccion of media attention, es a courage that humbles and inspires and reaffirms our faith in humanity. Such courage I have seen week after week since my release from house arrest fifteen month ago”.

Hace un par de días usamos la mañana para acercarnos a la embajada de Myanmar en Vientian para conseguir el visado. Por fin, la Birmania de mis tebeos de hazañas bélicas, la de los libros de aventuras, una tierra siempre mítica de mi niñez, será nuestra tierra de acogida. Obviamente no me van a llevar allí hoy ninguna de las aventuras de los protagonistas, un soldado larguirucho y su compañero, un gordinflón que respondía, creo, al nombre de Gorila, una de mis motivaciones principales va a ser precisamente seguir las huellas de Aung San Suu Kye y del NLD en la historia reciente del país. La amabilidad de la gente de la embajada se ha llevado el premio a la mejor embajada de nuestro viaje. Lo que era hace meses el horror de una tierra hostil totalmente controlada por militares corruptos, tiene hoy una cara francamente amigable que invita al viajero a ver con nuevos ojos esta parte del viaje.

"Cuando me desperté el dinosaurio todavía estaba allí"

Vientian – Luang Prabang, Laos, 7 de junio de 2016

Que nos pasemos la vida rascando con las uñas la corteza de la verdad, con la certeza por añadidura de que por mucho que rasques no vas a conseguir gran cosa, dice mucho de la sabiduría de los que nunca se preocuparon por esas "nimiedades"; una clase de sabiduría que si acaso les proporciona un mediana satisfacción quizás mereciera la pena emular. ¿Os imagináis toda la vida con el trasero sobre un cómodo cojín dedicados a tocaros la pirindola o a mirar por la ventana de plasma lo que unos y otros dicen? Ja, de pm, dirían muchos.

Con ese tema, ahora que leo a Monterroso, un maravilloso librito de cuentos de media página, titulado Fábulas, me hubiera gustado escribir un cuento. Pero ni tu tía. Así que a otra cosa. Eso de escribir un cuento a alguno le podrá parecer lo más sencilla del mundo. A aquella novia que de tanto en tanto aparece por aquí le pedías una mañana que te contara un cuento y visto y no visto la chica, así de fecunda era, te contaba uno que se estaba inventando en ese preciso momento; uno o diez, tanto daba. A mis niños de tercero de la escuela les sucedía algo parecido. Pero yo que perdí la ingenuidad, y por supuesto la virginidad, hace muchos años ya me es imposible. En veinte años dedicados a la escritura no he sido capaz de escribir más de ocho o diez relatos cortos. Y es que un cuento te sale o no te sale, y si no te sale ya puedes tener el portátil delante abierto durante días y noches, la espera será inútil. Además, Augusto Monterroso, es un caso excepcional. Tener una idea y a continuación buscarse una rana narcisista que termina ofreciendo sus ancas para que los vecinos se hagan una buena paella con ellas o echar mano de un mono dedicado a la literatua para expresar las trampas que les esperan a los que aspiran a ser escritores, a Monterroso es una cosa que se le da como hongos, que diría mi madre. A un servidor, sin embargo, pese a las muchas velas que he encendido a los pies de la Virgen, pues eso, ni flores.

Desde hace tiempo los viajes en autobús habían sido tan planos, tan atravesados de calor y sol cenital, viajes donde el adormilamiento me dejaba flojo el cuerpo, quizás también viajes sin demasiados atractivos, que hoy, novedad, cuando vi que llovía preví que la cosa iba a ser diferente. Hoy es el primer día que me siento activamente de viaje en autobús. Llueve, sí tras los cristales, a don Antonio también la lluvia debía despertarle cierta predisposición a saborear, como si un sorbete de limón se tratara, el momento. Así que llueve y lloviendo el viaje se hace perfecto. Sentado cómodamente tras el asiento del conductor escucho música del país que me recuerda otro viaje por el llano venezolano en donde la música oradaba mis sufridos tímpanos pero que siendo una música desgarradoramente amorosa de emocionadas voces unas veces y otras de bordados de pequeñas historias cotidianas que yo hacia mías, consiguieron que aquel viaje hacia el Orinoco se me quedara grabado en clave de gozo, también porque la ruta, carreteras que desaparecían y pequeños lagos con el agua hasta el chasis que teníamos que atravesar en donde el autobús como si fuera un barco a la deriva había de buscar su ruta entre el conglomerado de pistas, se convertía así en un viaje iniciático. Esa clase de “delicia” que hace que unos viajes sean más viajes que otros.

Escucho música, miro la lluvia. Éste es un autobús sin prisa. La gente de Laos es apaciblemente tranquila, una tranquilidad que el conductor, un hombre de apariencia bonachona y mirada inteligente, transmite a los pedales del freno y acelerador conduciendo con una novedosa calma bien rara en esta parte del Sureste Asiático. Hacía tiempo, sí, me auguro un placentero viaje. Nos dirigimos hacia el norte, hacia la bella ciudad de Luang Prabang. Trescientos cincuenta kilómetros y diez horas de viaje. No serán peores estas carreteras que las del Orinoco de aquel tiempo. Tras Luang Prabang navegaremos dos días río Mekong arriba, el gran río de esta parte del mundo con el que ya nos hemos encontrado numerosas veces.

Al autobús le sobran asientos, de vez en cuando el conductor ve gente con paquetes junto al arcén, siempre para, discuten el precio y algunos terminan subiendo. En la última parada una pasajera se ha bajado precipitadamente del autobús y tras un árbol se ha subido la falda y ha echado su meadita con la mayor naturalidad del mundo, algo que había dejado de ver desde mi primer viaje a India en el ochenta y cuatro cuando en los largos viajes en autobús aquello era lo normal, hombres a un lado y mujeres a otro no necesitaban buscarse ningún escondrijo para vaciar sus vejigas.

Nuestro autobús también es servicio de correo y mensajería. Alguien levanta la mano en ruta, paramos, el conductor recoge el paquete, extiende el recibo y vuelta a la carretera. Pago en destino. Pasamos por pequeños pueblos de aspecto muy primitivo. Victoria me hace caer en algo en que no había reparado. Desde que aterrizamos en Laos, un país realmente pobre, no habíamos visto ni un solo mendigo, nadie, niño o adulto, que te pidiera unas monedas. Es la primera vez que nos sucede en este viaje. Un interesante tema de reflexión para un viajero español en cuyo país de origen la mendicidad callejera es desde hace unos años una constante. El autobús no tarda en enredarse por los caminos de las colinas donde el fular algodonoso de la niebla deja un paisaje preparado para nuestra agradecida contemplación. Hago un intento de sacar la cámara, pero me resigno, cuando no son los cables, es la vegetación en primer plano, o la velocidad o la irregularidad del firme. Hacer una buena foto desde un autobús en marcha es tarea prácticamente imposible. En algún momento pasamos por un paisaje de agudos picachos emboscados, que salen de la niebla en bandada como los samurais de la película de Kurosawa, enarbolando éstos no ramas sino plumbeos mazacotes de nubes a modo de yelmos sobre sus cabezas. El bosque es apretado, denso, por el fondo corre un gran río de aguas ocres a cuyos márgenes, luchando para no ser tratados por la selva, los arrozales aparecen como lienzos de armonías reiterativas, separados unos de otros por caminillos bien arreglados.

Pasando por una pequeña aldea, en el ágora de un porche techado de hojalata descubro a un numeroso grupo de críos semidesnudos que no juegan ni corren con un balón entre las piernas, hacen una cosa increíble, sólo hablan, tampoco se ríen. Habría sido digno de saberse de qué coño podían hablar tan seriamente casi una docena de críos a la sombra de un porche. En la aldea siguiente media docena de la muchachada del lugar juegan en porretas junto a una fuente, hacen sus abluciones o se hacen aguadillas entre ellos mientras unos metros más allá, acaso la madre de algunos de ellos, va adelante con la colada familiar.

Y el viaje en autobús continúa... En poco más de una hora estaremos en Luang Prabang.

Estados Unidos: El hedor de los asesinos

Vientian, Laos, 5 de junio de 2016

Sobrevolamos Laos. Es imposible mirar hacia abajo y no recordar el genocidio de los estadounidenses perpetrado en este país. Ese hedor que desprenden los estadounidenses sube hasta las nubes por donde atraviesa el avión, huele a carne humana podrida, chamuscada, a cadáveres que fueron gaseados, hieden a muerte por todas las colinas y valles por los que atravesamos. Un paisaje de colinas y enrevesados valles que fue arrasado por un país localizado en la otra punta del planeta. Lo más deleznable que la miseria de los hombres es capaz de cumplir se dio aquí hacer unas décadas. 

Los datos que da la Wikipedia son escalofriantes: “EEUU libraba la Guerra del Vietnam y quería cortar las vías de suministro de Laos a su enemigo vietnamita y evitar que el país tomara partido por el comunismo. La manera de lograrlo es uno de los más desconocidos y brutales crímenes de guerra jamás cometidos: aviones de EEUU llevaron a cabo más de 584 000 misiones y arrojaron más de 260 millones de bombas de racimo sobre las zonas más pobladas del país (arrojó media tonelada de explosivos por habitante). Los propios pilotos estadounidenses admitirían años después que nunca se trató de distinguir entre civiles y militares. 'Si algo se movía, lo bombardeábamos'. La guerra tuvo lugar entre 1964 y 1973: "No queda un solo edificio anterior al bombardeo de EEUU, las montañas parecen quesos gruyere por el número de agujeros que dejaron los B-52. Un volumen de bombas que supera a las que se lanzaron durante toda la Segunda Guerra Mundial”.

Sin embargo la canalla estadounidense tuvo que salir de esta parte del sureste asiático con el rabo entre las piernas con una guerra totalmente perdida. Bonito espectáculo de civilización. Sin embargo, ahora grandes nubes blancas se pasean por el cielo, apacibles, como si la sangre y el dolor no hubieran inundado estas tierras décadas atrás.

Viajando es difícil librarse de la canalla humana, viajando se la ve más descarnadamente, las historias de la mayoría de los paises de este planeta están llena de sangre y horror, de oprobio. Esta mañana, sin ir más lejos, que visitamos el Laos National Museum, en donde los relatos habían sido sustituidos por imágenes, me llamó especialmente la atención un cuadro que daba cuenta de la actuación de los franceses en la Guerra de Indochina. ¿En qué consistía la imagen? En ella soldados franceses tratan de mermar la población de Laos al modo de Herodes, en ella los niños son arrancados de las manos de sus madres y tirados sin más a un pozo. ¿Cabe concebir mayor monstruosidad? Y hablamos de Francia, la culta Francia de Sartre, de Mallarmé, de Simon de Beauvoir, de Apolinaire, de Breton donde las ideas y la exquisitez del pensamiento podrían haber supuesto un grado de civilización y una moral mucho más sólida.

A la vista de estas cosas me pregunto si esto de moverse de un lado para otro no tendrá una consecuencia más profunda que el simple hecho de conocer y visitar lugares. Hoy se me parece que por mucho que se lea en los libros de historia estas cosas nunca llegan a tener la carga emocional que provoca encontrarse de frente con los rostros de la gente que las sufrió. Los genocidios y matanzas que hemos atravesado en el viaje: el genocidio turco en Armenia, las depuraciones políticas de China, las bombas atómicas en Japón, las matanzas de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial en Indochina e Indonesia, el exterminio masivo de vietnamitas por los norteamericanos,  la usurpación de los australianos de las tierras de los aborígenes y sus matanzas; cuando durante muchos días atraviesas estas tierras expoliadas y masacradas por unos y otros lo primero que sientes es horror y, junto a él, por fuerza un fuerte sentimiento de solidaridad se te levanta en un interior contrito por tanto escarnio. Creo que todos estamos necesitados de este tipo de emociones, la racionalidad de los datos, el tiempo que va borrando nuestra memoria, hace que olvidemos, que nuestro rechazo pierda fuelle, cuando en realidad todas estas circunstancias deberían estar grabadas a fuego en nuestro ánimo.

La lluvia del monzón cae con inusitada fuerza sobre la ciudad de Vientian. Escribía en la terraza de un quinto piso pero me he tenido que refugiar en un pasillo para no mojarme. La repentina lluvia ha transformado un calor agobiente en una noche de agradable contemplación. El aire acondicionado,  sin el cual es difícil vivir en estos sitios, ha terminado por joderme un tanto la salud, dolor de garganta, una aparatosa tos y necesidad de pasar el día en la cama. Ese chorro de aire frío cayendo sobre mí le sienta fatal a mi cuerpo. También he perdido el apetito, espero que no esté incubando nada desagradable.

En este país parece que va a ser difícil estar en relación con el mundo, la saturación de la telefonía móvil es tal que en la capital de Laos sólo hay cobertura pasable en las afuerzas. No he podido abrir nada más que la portada de El País. He tenido que esperar un buen rato a que la página se cargara, pero ha merecido la pena. No sé bien lo que serán de fiar las encuestas de Metroscopia, pero en este caso, y contra los machacones intentos de Prisa por tumbar a Podemos, sacar esos resultados a la luz, les han debido de suponer un sacrificio de padre y señor mío. El otro día en una encuesta del PSOE constataban que Unidos Podemos les estaba pisando los talones; un par de días después le sobrepasa en cinco puntos y además, ahora a quien pisa los talones es al PP. Muy bonita noticia, sí, señor. Ahora hace falta que a los adormilados votantes del PP para los que la corrupción de sus dirigentes no parece significar nada, tengan la oportunidad de abrir los ojos de aquí al veintiseis de junio. Cierto que hay que tomar las estadísticas con pinzas, pero algo es algo mientras nuestra inquietud esperanzadora no tenga otra cosa de qué nutrirse.

El alambique del tiempo

Hanoi, Vietnam, 3 de junio de 2016

Sí continúo con lo ojos cerrados y contemplo la mañana, lo que sucede a mi alrededor, mis pensamientos yendo de aquí para allá como cosa del pasado, de cierta mañana en algún hotel en América Latina o de Asia, resulta que el momento, cubierto por la pátina de la memoria, adquiere un cierto sabor a viejo cuyo principal encanto consiste en ese supuesto ser recordado; parece que los productos de la memoria acicalados por esa pátina resultan más atractivos. Hoy mismo, con media mañana sobre la cama tratando de convertirla, envejecerla y dejándola, intentando dejarla, como si fuera un producto del recuerdo, resulta que se ahonda, se vuelve de oro viejo. La realidad plana de una mañana calurosa con el cuerpo bañado de sudor pero resistiendo la tentación de conectar el aire acondicionado, es una oportunidad para convertir el presente en pasado para así contemplarlo como a través de un daguerrotipo que los años hayan cubierto de interés por el simple hecho de regresarlo a dos, tres décadas atrás. La tozudez con que algunos intentan quitarse el pasado de encima recurriendo al vivir exclusivamente el presente me parece desde este punto de vista, salvo que la vida del sujeto en cuestión haya sido enteramente desgraciada, un desperdicio imperdonable.

Ese relato de Borges en donde Borges se encuentra con Borges en algún parque de una ciudad de Estados Unidos, creo, quizás tenga algo que ver con esto que apunto. Tratar de ser uno en algún otro momento para tropezárselo como hoy en una mañana de bochornoso calor, desnudo, despatarrao, sudando como un pollo, pero sin dirigirle la palabra, sólo contemplándolo en el sentirse vivo de otro tiempo, es una transposición que me agrada. Me temo que en el fondo de todo ser humano hay un narcisismo soterrado y poético que gusta de la contemplación de sí mismo en la percepción de la intimidad de su pasado allí donde él entiende que dejó mucho de sí, que creó, que superó un reto impuesto a sí mismo o simplemente se vio en agradable contemplación de la vida o de la naturaleza. Y si eso es así, que lo es sin lugar a dudas, ¿qué cosa más natural que intentar rescatarse a sí mismo en esos momentos para revivirlos con la satisfacción de quien se regala con un exquisito y delicado manjar? Ayer vimos un documental de Fernando Garrido, un recorrido por toda su historia de alpinista solitario a través de las montañas del Planeta. Un documento sugeridor de en qué puede parar una bella existencia hecha de esa clase de retos sólo accesibles a unos pocos puñados de valientes que están dispuestos a dejarse la vida en el camino de su consecución, esa conquista de lo inútil en la que tantos encuentran en sí mismos el vívido resplandor de una iluminación. No hacía otra cosa en el documental Fernando Garrido que aquel otro Narciso de la mitología que se contemplaba enamorado de sí mismo en la corriente transparente de las aguas de un lago. Y mira que el hombre tenía un aspecto de humildad, de aceptación de lo que pudiera venir como compañero de su aventura. Pero su seriedad y su adustez cuando narraba, por ejemplo sus sesenta días pasados en la cumbre del Aconcagua, lo que delataba no era precisamente expresión de un narcisismo hacia fuera, todo lo contrario; escuchaba a este hombre y lo que yo percibía era a un solitario enamorado de la vida, de su pasado, de la fuerza que le ayudó a superar los retos que se puso por delante.

¿Y no sucederá que el presente, mediatizado frecuentemente por ingredientes numerosos,  muchos de ellos ajenos al hecho esencial que desearíamos que perdurase, es un presente con mucho ruido y por tanto difícil de oír con nitidez en su principal melodía, y que por tanto ese presente revivido años después, y depurado por tanto del ruido, asumido en su esencia, es, valga la redundancia la muestra de la esencia del vivir? Las experiencias dolorosas, ese relato que hacía del Aconcagua más arriba, por ejemplo, difícilmente proporcionan su fruto en el mismo momento en que sucede la acción; el placer en este caso es placer demorado, demorado hasta la llegada al campamento base, hasta días, meses, años después en que en la soledad de una habitación Fernando Garrido pueda revivir no ya el placer del sufrimiento sino el placer de la superación del sufrimiento y de todos aquellos obstáculos que se interponían en su objetivo.

Así que me temo que esa recurrencia de esta mañana en un intento de hacer del presente un pasado lejano acaso tenga algo de retorcido deseo de tratar de rescatar perfumes del pasado donde presumimos, sin estar del todo seguros, que se encuentran, como en la reminiscencia de esos versos de Jorge Manrique que apuntan a que cualquier tiempo pasado fue mejor, una parte sustancial de lo que nuestro yo ha sido capaz de destilar. Algo así como si envolviendo el presente en la pátina del pasado consiguiéramos acercarnos a las esencias tras las que toda la vida caminamos, ese yo y nuestras circunstancias que quisiéramos revestidas de los ornamentos de belleza, superación, vivencia plena, delicado saborear de los pequeños bocaditos de placer y percepción que la existencia puede poner en nuestro camino. El hecho de que yo, despertándome hoy en un hotel de Hanoi quiera ponerle los colores y el atrezzo de otro día que me desperté en Manila o en Ushuaia, en Tierra del Fuego, quizás apunta a ese intento natural de convocar a las sensaciones que entonces me visitaron y que hoy remolonean en torno a mí perezosas, renuentes a hacerse presentes. Claro, ¿quien no quisiera repetir manjares, sensaciones, experiencias, emociones que acaso con un poco de suerte el ventilador, el calor, el lejano Sureste Asiático por donde viajamos con un empujoncito sería capaz de proporcionarnos tan vívidamente? Se ha dado siempre este tipo de cosas, navegantes tras el Vellocino de Oro siempre los ha habido.

El charco de sudor que se ha formado sobre mi cama no es suficiente hoy para transformar mi presente en pasado, todo es más plano, más cotidiano, más irrelevante. Después de todo quizás tuviera razón Fernando Pessoa cuando afirmaba aquello de que después de matar uno o dos tigres la aventura ha desaparecido; al tercer, cuarto, vigésimo tigre por fuerza le  falta ese condimento esencial que lo nuevo pone en nuestros deseos. El conocimiento mata, ya lo decía también aquel rumano pesimista que no por eso dejaba de encandilarse con la música de Mozart cuando el conocimiento le privaba de ese delicioso plato que es la novedad. Curiosamente Cioran nunca llegó a saturarse del músico austriaco.